Hacía poco tiempo que me había hecho una revisión y estaba todo en orden. Quedaban quince días para Navidad y una noche, al acostarme, me palpo el pecho izquierdo por casualidad y … ¿un bultito? – Vaya, va a ser otro quiste de los de siempre, pero por si a caso, voy a llamar a mi médica a ver que hacemos. –

Entro en la sala del ecógrafo, me miran y … hay dos en vez de uno y no tienen muy buena pinta, hay que biopsiar. Nerviosa, pero sin miedo porque estoy convencida que no serán nada, aprieto los dientes y aguanto el dolor lo mejor que puedo.

Me voy a casa y a los pocos días recibimos la llamada que cambiará nuestras vidas para siempre.

Lo más difícil fue darle la noticia a la peque de la casa. Su padre ya había pasado un cáncer cuando ella tenía 1 año y ahora me tocaba a mi. Con 11 años le tocaba ser fuerte y asumir que venían curvas.

Lloramos lo necesario para poder empezar el camino con fuerza. Sabíamos que no había metástasis y eso era lo más importante.

La segunda prueba reveló 6 tumores en total . En ese momento me asusté y lloré, pero opté por pensar en que todo tenía solución, un poco más drástica de lo que yo me imaginaba, pero con final feliz.

La primera operación fue después de Navidad, el día 6 de enero . El regalo que me trajeron los reyes magos fue una extirpación total del pecho izquierdo y una NO afectación de los ganglios de la axila. El expansor intramuscular estaba colocado y la carrera de obstáculos acababa de empezar.

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No puedo decir que no sintiera dolor, aunque gracias a la morfina y a las tonterías de mi marido por hacerme reír, pasé los días de hospital mucho mejor. Con drenaje en mano me fui a casa y poquito a poco mi cuerpo se fue recuperando.

¿Y quimio? ¿Me van a tener que dar quimio?

 

No había metástasis pero los médicos aún no sabían que tratamiento me iban a dar. Después de varias semanas esperando, por fin llegó la GRAN NOTÍCIA ¡no me tenían que dar quimio! El tumor más grande no superaba los dos centímetros y la probabilidad genética de reproducción era muy bajita descartándose el tratamiento que más miedo me daba de todos.

Animada por completo y con energía suficiente para mover montañas me puse a pedalear (en el gym) sin parar. Sentada en el sillín de la bicicleta y con el cuerpo inmóvil porque estaba recién operada y debía tener mucho cuidado con el expansor y las cicatrices, empecé a pedalear. Que sensación de libertad más increíble. Después de pasar tres semanas entre el hospital y la casa, superar los dolores iniciales y empezar a dejar de tener miedo por todo lo que me estaba pasando, por fin , empezaba a poder actuar con normalidad. Las piernas era lo único que podía mover con total libertad y necesitaba sudar para sentirme bien de nuevo.

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El tema “ducha” en el gimnasio aún me cuesta, pero estoy en ello.

Cada semana me tocaba subir al hospital dónde el doctor me pinchaba un líquido (suero, creo) dentro del expansor para ir hinchándome la cavidad intramuscular. Eso duele, no puedo decir que no, pero bueno … ¡ya pasó!

A los dos meses y ya con la cavidad intramuscular talla 90 llegaba la segunda operación. Prótesis colocada, tratamiento hormonal fijado y para casa.

Actualmente la parte izquierda de mi cuerpo se parece a la de la novia de Frankenstein, pero debo confesar que ME GUSTA 😉 Tal y como me dijo mi hija las primeras semanas de enfermedad “ ¡I,m not different, I,m original!”

Sigo siendo yo pero con un encanto especial: ahora ya no tengo frío porque los sofocones de la menopausia me invaden 😉 , el estrés ya no puede conmigo y la sensación de calma me invade (la vida es bonita y hay que vivirla felizmente) y tengo un pecho que aunque tenga 90 años seguirá estando terso y firme como el de una chica de 20.

En fin, he decidido adaptarme a mi nueva situación y dar gracias cada día por poder seguir estando aquí, más o menos “lisiada”, pero feliz.

 

Rut Farrés. Cáncer de mama. Carcinoma ductal infiltrante de mama multicéntrico, Estadio I.  40 años